martes, 9 de octubre de 2012

ama y haz lo que quiera. Los 10 mandamientos

Los diez mandamientos
Autor: P. Antonio Rivero LC
Capítulo 13: Resúmen del Decálogo



“AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS
Y AL PRÓJIMO COMO A TI MISMO”




Es propio de los maestros resumir su pensamiento en pocas máximas o sentencias, aunque después expliciten su contenido y sus consecuencias de mil maneras y con mil ejemplos. Tal es también la llamada “pedagogía de Dios” en la Biblia. Y tal es también la pedagogía de Jesucristo, que lleva a su plenitud la ley antigua.

Jesús reafirma el Decálogo y lo completa y perfecciona con el “nuevo Decálogo”, las ocho bienaventuranzas, proclamadas también desde una montaña santa. Te aconsejo que leas todo el sermón de la montaña, que encontrarás en san Mateo, capítulos 5, 6 y 7.


¿Cómo completó Jesús el Decálogo?

No tanto en nuevos mandatos, sino en la profundidad de lo que significaban dichos mandatos. Si quisiera resumirte lo que Jesús añade y perfecciona como ley nueva, siguiendo al doctor Isidro Gomá cuando comenta el evangelio según san Mateo, te diría lo siguiente:

  • De “no matar” del Decálogo antiguo, Jesús pide “no tener rencor” (Mateo 5, 21-26). ¡Vaya avance!

  • De “no cometer adulterio”, Jesús apunta e invita a la castidad de corazón (Mateo 5, 27-30). Jesús afina y apunta al sagrario de la interioridad.
  • De la reglamentación de la práctica del “repudio”, Jesús llama a la indisolubilidad del matrimonio (Mateo 5, 31-32), como fue el plan de Dios al inicio de la creación.

  • Del respeto a los juramentos, a la absoluta sinceridad del lenguaje cristiano (Mateo 5, 33-37): o si o no; todo lo que no sea esto, procede del mal.

  • Del rigor justiciero frente a las injurias, a la abnegación positiva y generosa en aceptarlas (Mateo 5, 38-42), alegrarse y poner la otra mejilla.

  • Y de un amor al prójimo bajo condiciones, a la caridad universal, para imitar a Dios (Mateo 5, 43-48) que ama a malos y buenos, justos e injustos.

    Dice el Catecismo de la Iglesia católica en el número 1968: “La Ley evangélica lleva a plenitud los mandamientos de la Ley. El sermón de la montaña, lejos de abolir o devaluar los preceptos morales de la Ley antigua, extrae de ella sus virtualidades ocultas y hace surgir de ella nuevas exigencias: revela toda su verdad divina y humana. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y los impuros…, donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las demás virtudes. El Evangelio conduce así la Ley a su plenitud mediante la imitación de la perfección del Padre celestial, mediante el perdón de los enemigos y la oración por los perseguidores, según el modelo de la generosidad divina”.

    El Papa Juan Pablo II dejó escrito en su encíclica “El Esplendor de la Verdad” lo siguiente:

    “Los mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor (el joven rico), están destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares. El «no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio», son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama.

    Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y, al mismo tiempo, son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. «La primera libertad -dice san Agustín- consiste en estar exentos de crímenes..., como serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta...» (número 13).

    “Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios -en particular, el mandamiento del amor al prójimo-, interiorizando y radicalizando sus exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las mayores exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cf. Col 3, 14).

    Así, el mandamiento «No matarás», se transforma en la llamada a un amor solícito que tutela e impulsa la vida del prójimo; el precepto que prohíbe el adulterio, se convierte en la invitación a una mirada pura, capaz de respetar el significado esponsal del cuerpo: «Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal... Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 21-22. 27-28). Jesús mismo es el «cumplimiento» vivo de la Ley, ya que él realiza su auténtico significado con el don total de sí mismo; él mismo se hace Ley viviente y personal, que invita a su seguimiento, da, mediante el Espíritu, la gracia de compartir su misma vida y su amor, e infunde la fuerza para dar testimonio del amor en las decisiones y en las obras (cf. Jn 13, 34-35)” (número 15).

    En definitiva, ¿cuál es la síntesis de todos los mandamientos?

    Todo lo que hemos visto se reduce al amor: amar a Dios y amar al prójimo. Y con esto basta.

    ¿Sabes la anécdota que recoge san Jerónimo en sus Comentarios sobre la Epístola a los Gálatas?

    El bienaventurado san Juan Evangelista, al final de sus días, cuando moraba en Éfeso, apenas podía ir a la Iglesia, a no ser en brazos de sus discípulos, y no podía decir muchas palabras seguidas en voz alta; no solía hacer otra exhortación que ésta: "Hijitos, ¡amaos unos a otros!". Finalmente, sus discípulos y los hermanos que le escuchaban, aburridos de oírle siempre lo mismo, le preguntaron: "Maestro, ¿por qué siempre nos dices esto?". Y les respondió con una frase digna de Juan: "Porque este es el precepto del Señor y su solo cumplimiento es más que suficiente".

    No sabemos si los discípulos aprendieron la lección o siguieron comentando por lo bajo y aburriéndose.

    Pero tú, al menos, aprende la lección: sólo cuenta el amor.

    El cristianismo ha sido siempre una siembra de amor. Si analizas todo lo acaecido en la historia gracias al cristianismo, comprobarás que, realmente, es bastante considerable. Por el cristianismo surgió la atención a los enfermos, la protección a los más débiles y una gran organización del amor.

    Gracias al cristianismo ciertamente, se extendió el respeto a los hombres en cualquier situación. Es interesante saber, por ejemplo, que cuando el emperador Constantino reconoció el cristianismo, se sintió obligado, desde el primer momento, a introducir cambios en las leyes dominicales y a preocuparse de que los esclavos también pudieran disfrutar de sus derechos.

    Cuando falta el amor cristiano en el mundo, se alzan las grandes dictaduras ateas y el mundo salta en pedazos. Sin la fuerza del amor cristiano, la humanidad se encuentra como un gran barco después de chocar contra un iceberg, dando bandazos y afrontando enormes riesgos para poder sobrevivir.

    Si tú eres cristiano, debes vivir el amor.

    Y con el amor se cumplen todos los mandamientos más fácilmente.

    Si tú amas a Dios, rezarás con fe, con esperanza, en tu casa, en familia, en tu Iglesia.

    Si tú amas a Dios, no tendrás necesidad de consultar a adivinos, cartas, horóscopos, pues has puesto tu confianza en Dios, y punto.

    Si tú amas a Dios, hablarás bien de Dios, de la Virgen, de los Santos, del Papa, de los Obispos, de los sacerdotes, de las religiosas y monjas.

    Si tú amas a Dios, vendrás con gusto a misa no sólo los domingos y fiestas, sino entre semana. Y harás de la oración diaria tu alimento y tu sostén.

    Si tú amas a Dios, sabrás defender tu fe y no la expondrás por nada del mundo, con libros o espectáculos que atenten contra ese tesoro que es tu fe. Es más, si tú amas a Dios, cultivarás cada día más tu fe con buenos cursos, conferencias, lecturas apropiadas.

    Si tú amas a Dios, sabrás cumplir con amor y fidelidad tus promesas hechas a Él.

    Si tú amas a Dios, el acudir a la confesión para pedirle perdón por tus faltas y pecados será una necesidad de tu corazón filial arrepentido por el mal que hiciste a tu Padre Dios.

    Si tú amas a Dios, no protestarás ante el sacrificio, sino que sabrás ofrecerlo con gusto a Dios.

    Y si tú amas a tu prójimo, respetarás, obedecerás, amarás a tus papás, sin jamás entristecerlos, mentirles, sin avergonzarte de ellos. Les darás alegrías, gustos, contento.

    Si amas a tu prójimo, por supuesto que nunca le insultarás, ni le alzarás la mano o el tono de tu voz, ni le criticarás, ni le tendrás odio, ni le matarás de palabra o de obra. Al contrario, sabrás comprenderle, brindarte a él, perdonarle, hablar bien de él, acercarte con bondad a quienes más te cuestan. ¿Por qué? Porque tienes amor en tu corazón. Sólo el amor es digno de fe, dijo en cierta ocasión el gran teólogo y cardenal Hans Urs von Balthasar.

    Si tú amas al prójimo, entonces sabrás controlarte en la bebida, pues si estás borracho, no sólo te haces mal a ti, sino también le puedes herir al otro con tu comportamiento indecente y tal vez brusco.

    Si tú amas al prójimo, sabrás respetar a tu novio o a tu novia, y serás fiel a tu esposo o a tu esposa, y sabrás educar a tus hijos.

    Si amas al prójimo, jamás te permitirás robarle, ni cosa pequeña ni grande, porque es tu hermano.

    Si amas al prójimo, ¿acaso le mentirías? Nunca. Él merece oír siempre la verdad.

    Si amas al prójimo, le ayudarás en sus necesidades, especialmente al más pobre.

    Si amas al prójimo, no le harás ninguna injusticia, ni soborno, ni fraude, pues el amor busca siempre el bien del otro.

    ¿Ves? Todo se reduce y se resume en el amor.

    Te invito, pues, a simplificar tu vida en el amor. Entonces sí tiene sentido la frase de san Agustín, que algunos malinterpretaron: “Ama, y haz lo que quieras”. Sí, haz lo que quieras, pero primero ama, con el amor que nos trajo Jesús del cielo, con ese amor de caridad. Si tienes en tu corazón el amor de Dios, entonces todo lo que hagas, lo harás motivado por ese amor. Y el amor verdadero es puro, recto, sincero, desinteresado, generoso, sacrificado.

    Si amas, serás capaz de cosas como ésta que te cuento.

    Se llama Salvador Cortadellas. Nació en Esparraguera (Barcelona). Es médico cirujano y urólogo de renombre internacional. Está casado y es..., ¡padre de doce hijos! Durante veintiocho años ha dedicado sus vacaciones -de mes y medio a dos meses- junto con su esposa Carmen, a la medicina en África.

    Se pagaban los viajes y allí operaba gratuitamente a centenares y centenares de enfermos que esperaban ansiosos su ciencia médica, su técnica quirúrgica y calidad humana. Sabían que, sin su concurso, seguro que no hubiesen curado sus dolencias o hubiesen muerto.

    Y desde que se jubiló, hace doce años o más, ha decidido, junto con su esposa, seis meses operar en el Chad, y seis meses estar con sus hijos en Barcelona. El doctor Cortadellas es cofundador de Medicus Mundi España. Con su hija María Antonia, también médico cirujano, fundó el hospital de Ngovayang (Camerún) y ha colaborado en la fundación y en el desarrollo del hospital de Beboro (Chad) llevado a cabo por su hijo jesuita, misionero y ATS, padre Francesc Cortadellas.

    Durante una entrevista, se le preguntó: “¿Qué le llevó a ayudar a la gente enferma de África?”.Y respondió: “Creo que es consecuencia de una serie de hechos: la formación religiosa; pues desde muy joven me gustaba leer los trabajos hechos por misioneros y acariciaba la idea de poder ir a ayudarles un día; la circunstancia de que mi esposa estuviese animada de los mismos sentimientos y tuviéramos el mismo lema: “Para Dios todo es poco”.

    Esa fuerza del amor te llevará a hacer cosas como ésta que hizo una misionera de la caridad.

    Una religiosa, enfermera en un hospital para pobres en India, escribe: Una tarde un tuberculoso me suplicó que me acercara a su cama. Me miró fijamente, y luego me preguntó:

    - Virgen blanca ¿allá en tu tierra tienes todavía a tu madre?
    - Todavía tengo a mi madre, y, gracias a Dios, está bien.
    - ¿También tienes hermanas?
    - Tenía cuatro. Hace poco una murió.
    - ¿También tienes hermanos?
    - Sí, tengo.
    - ¿Y también tienes parientes que te quieren?
    - Tengo muchos. Pero, ¿por qué te cansas preguntándome tantas cosas?
    - Es que me conmuevo al verte aquí entre nosotros. Tú tienes una madre, hermanas, hermanos, muchos amigos....podrías vivir feliz en tu tierra... Explícame por qué dejaste todo, y has venido entre nosotros a sufrir. .. Dímelo, por favor. . .
    - Cálmate, cálmate. .. al hablar tanto, te va a doler el pecho; mira, más tarde te diré ´QUIEN´ me invitó aquí para que te atendiera. Y le di un beso en la frente.

    ¡El amor! ¡La fuerza del amor! ¿Vas entendiendo?

    El amor nos hace realizar cosas que nos parecen imposibles. Como ésta.

    Él había fallecido hace un año, y se acercaba una fecha importante, el día de San Valentín, todos los años él le enviaba a su esposa un ramo de rosas a su casa, con una tarjeta que decía, "Te amo más que el año pasado, mi amor crecerá más cada año", pero éste sería el primer año de que Rosa no las recibiría, extrañándolas estaba cuando llamaron a su puerta, y para su sorpresa al abrir estaba un ramo de rosas frente a ella, con una tarjeta que decía "Te Amo".

    Por supuesto, ella se molestó pensando que había sido una broma de mal gusto, habló a la florería, para reclamar el hecho, y al contestarle, la atendió el dueño, él le dijo que ya sabía que su esposo había fallecido hace un año, y le preguntó si había leído el interior de la tarjeta, y le explicó que esas rosas estaban pagadas por su esposo por adelantado, así como todas la demás para todos los años por el resto de su vida.

    Al colgar el teléfono a Rosa se le llenaron sus ojos de lágrimas y al abrir la tarjeta vio que estaba escrita por su esposo y decía: "Hola, mi amor, sé que ha sido un año difícil para ti, espero te puedas reponer pronto, pero quería decirte, que te amaré por el resto de los tiempos y que volveremos a estar juntos otra vez. Se te enviarán rosas todos los años, el día que no contesten a la puerta, harán cinco intentos en el día, y si aún no contestas, estarán seguros de llevarlas a donde tú estés que será junto a mí. Te ama tu esposo".

    Amigo, este caso fue verídico, sucedió en Monterrey, México. La verdad es que hace reflexionar y ver que cuando se ama a alguien, no importa donde estés, todo es posible.

    Pero ese amor del que te vengo hablando tiene que ser sincero. Que no te pase lo que cuenta la leyenda.

    Un joven árabe, habiendo cruzado el desierto, llegó a un pozo. Junto al brocal una hermosa muchacha estaba sacando agua.

    El joven se le acercó y le dijo: -¡Estoy perdidamente enamorado de ti! La muchacha, sonriendo le contestó: -Fíjate bien; allí junto a la fuente hay una mujer tan bella, que yo ni siquiera merezco ser su criada.

    El joven volteó inmediatamente, decidido a buscar a aquella otra mujer. Pero junto a la fuente no había nadie. Entonces la muchacha, sonriendo de nuevo le dijo: -¡Qué hermosa es la sinceridad, y qué asquerosa la mentira! Me aseguraste estar perdidamente enamorado de mí; y, con sólo decirte que había otra mujer más bonita, me has dado la espalda.

    Anímate a amar y verás cómo todo cambia en tu vida. Primero a Dios, sobre todas las cosas. Después al prójimo, por Dios y en Dios. Y de esta manera el cumplimiento de los diez mandamientos se hará no sólo posible, sino también fácil.


    LECTURA

    Extraída del libro “Imitación de Cristo” de Tomás de Kempis, libro III, capítulo V: Del maravilloso afecto del divino amor.

    3. Gran cosa es el amor, y bien sobremanera grande; él solo hace ligero todo lo pesado, y lleva con igualdad todo lo desigual.
    Pues lleva la carga sin carga, y hace dulce y sabroso todo lo amargo.
    El amor noble de Jesús nos anima a hacer grandes cosas, y mueve a desear siempre lo más perfecto.
    El amor quiere estar en lo más alto, y no ser detenido de ninguna cosa baja.
    El amor quiere ser libre, y ajeno de toda afición mundana; porque no se impida su vista, ni se embarace en ocupaciones de provecho temporal, o caiga por algún daño.
    No hay cosa más dulce que el amor; nada más fuerte, nada más alto, nada más ancho, nada más alegre, nada más lleno, ni mejor en el cielo ni en la tierra; porque el amor nació de Dios, y no puede aquietarse con todo lo criado, sino con el mismo Dios.

    4. El que ama, vuela, corre y se alegra, es libre y no embarazado.
    Todo lo da por todo; y todo lo tiene en todo; porque descansa en un Sumo bien sobre todas las cosas, del cual mana y procede todo bien.
    No mira a los dones, sino que se vuelve al dador sobre todos los bienes.
    El amor muchas veces no guarda modo, mas se enardece sobre todo modo.
    El amor no siente la carga, ni hace caso de los trabajos; desea más de lo que puede: no se queja que le manden lo imposible; porque cree que todo lo puede y le conviene.
    Pues para todos es bueno, y muchas cosas ejecuta y pone por obra, en las cuales el que no ama, desfallece y cae.

    5. El amor siempre vela, y durmiendo no duerme.
    Fatigado no se cansa; angustiado no se angustia; espantado no se espanta: sino, como viva llama y ardiente luz, sube a lo alto y se remonta con seguridad.
    Si alguno ama, conoce lo que dice esta voz: Grande clamor es en los oídos de Dios el abrasado afecto del alma que dice: Dios mío, amor mío, Tú todo mío, y yo todo tuyo.

    6. Dilátame en el amor, para que aprenda a gustar con la boca interior del corazón cuán suave es amar y derretirse y nadar en el amor.
    Sea yo cautivo del amor, saliendo de mí por él grande fervor y admiración.
    Cante yo cánticos de amor: sígate, amado mío, a lo alto, y desfallezca mi alma en tu alabanza, alegrándome por el amor.
    Ámete yo más que a mí, y no me ame a mí sino por Ti, y en Ti a todos los que de verdad te aman como manda la ley del amor, que emana de Ti como un resplandor de tu divinidad.

    7. El amor es diligente, sincero, piadoso, alegre y deleitable, fuerte, sufrido, fiel, prudente, magnánimo, varonil y nunca se busca a sí mismo; porque cuando alguno se busca a sí mismo, luego cae del amor.
    El amor es muy mirado, humilde y recto; no es regalón, liviano, ni entiende en cosas vanas; es sombrío, casto, firme, quieto y recatado contra todos los sentidos.
    El amor es sumiso y obediente a los superiores, vil y despreciado para sí; para Dios devoto y agradecido, confiando y esperando siempre en El, aun cuando no le regala, porque no vive ninguno en amor sin dolor.

    8. El que no está dispuesto a sufrirlo todo, y a hacer la voluntad del amado, no es digno de llamarse amante.
    Conviene al que ama abrazar de buena voluntad por el amado todo lo duro y amargo, y no apartarse de El por cosa contraria que acaezca.


  • Preguntas o comentarios al autor
  • P. Antonio Rivero LC

  • martes, 2 de octubre de 2012

    RECETA PARA RESOLVER LOS PROBLEMAS

    Receta para resolver los problemas
    Los problemas tienen todos algo en común, y es la forma en que se logra solucionarlos. La receta es la misma, bien sencilla.
    Autor: Juan Rafael Pacheco | Fuente: Catholic.net


    Desde siempre existen los problemas. El primero que conocemos es el del pobre Adán luego de comerse la manzana. De ahí en adelante tuvo una vida muy, pero muy dura, condenado a ganarse el pan cada día con el sudor de su frente.

    Y resulta que los problemas son el pan nuestro de cada día. Para muchos el problema es qué ponerse porque tiene mucho de dónde elegir, y para otros es qué ponerse porque apenas tiene la ropa que lleva encima.

    Los problemas tienen todos algo en común, y es la forma en que se logra solucionarlos. La receta es la misma, bien sencilla. Una anécdota -que estoy seguro muchos ya la conocen-- nos servirá para explicarla:

    Se cuenta que en el parque de cierto pueblo se hizo necesario tumbar un enorme roble, al que le había caído una extraña plaga que lo convertía en un verdadero peligro público, temiendo se cayera o contagiara a los demás árboles.

    Se hizo todo lo posible por salvarlo. Los vecinos estaban muy tristes ante su impotencia. No es fácil definir la causa de un problema, y no menos fácil es tomar la decisión de solucionarlo.

    Una mañana llegaron los obreros con sierras automáticas y hachas. Todos se congregaron en la plaza para presenciar el derrumbe del viejo árbol, excitados ante el inmenso estrépito que produciría su caída. Todos suponían que los hombres empezarían cortando el gigantesco tronco principal por el sitio más pegado al suelo. Pero fue todo lo contrario. Colocaron escaleras y comenzaron podando las ramas más altas.

    Y así, desde arriba hacia abajo, fueron cortando desde las más pequeñas hasta las más grandes ramas, quedando al final tan sólo el tronco central. Un rato después, aquel poderoso roble se encontraba en el suelo, cuidadosamente cortado a pedazos. El sol cubría esplendoroso el centro del parque. Ya no había sombra: era como si nunca hubiera estado allí, era como si no hubiera tardado más de medio siglo en crecer....

    Uno de los obreros explicó que de haber cortado el árbol cerca de la tierra y antes de quitar las ramas, se hubiera vuelto incontrolable, produciendo grandes destrozos en su caída. Es más fácil manejar un árbol cuanto más pequeño se le hace.

    Aprendamos. Tenemos que podar primero los pequeños obstáculos para ir llegando al tronco principal de nuestras preocupaciones. Quitar primero las ramas una a una. Ocuparnos, no preocuparnos. Reconocer nuestros errores. Tener el valor de enfrentarlos. Establecer las prioridades. Tener claros los objetivos en la vida. Librarnos poco a poco de todo el peso que nos impide trabajar, crecer, disfrutar, vivir.

    Concluye la anécdota afirmando que no siempre resulta fácil enfrentar nuestros problemas, pero al menos podemos intentarlo mientras vamos poco a poco, con la ayuda del Señor, transformando nuestro miedo, angustia y desesperación, en fortaleza, esperanza y fe.

    Bendiciones y paz.

    lunes, 3 de septiembre de 2012

    FRASES SUELTAS


    EL RESENTIMIENTO CAUSA ENOJO.
    EL ENOJO CIEGA LA INTELIGENCIA
                                                    Leticia V Castells

    lunes, 13 de agosto de 2012

    NIÑOS ALTAMENTE SENSIBLES




    laptop

    Un niño que se abruma con frecuencia, de socialización difícil, afectado por emociones de otros y especialmente intuitivo podría ser un niño altamente sensible.

    "Yo hice mi internado en el hospital psiquiátrico Hideyo Noguchi. Fue una práctica fuerte y fascinante. Pero luego empecé a trabajar con adolescentes. Y en el 95, cuando entré a trabajar a un colegio, -soy sincera- fue como estar del otro lado del escritorio. Fue muy interesante porque, en general, uno tiene la tentación de ver la psicología como patologías, uno tiende a etiquetar las cosas", explica la psicóloga Liliana Casuso. Ella tratará el tema 'El niño altamente sensible (Highly Sensitive): Vulnerabilidad y fortalezas en la personalidad', en el simposio dedicado a este asunto que se ofrecerá el lunes.

    Trabajar en colegios no debe de ser muy valorado en el gremio, supongo.
    No lo es. Pero yo bromeo con mis colegas diciéndoles que ahí está la psicología de desarrollo sana que no aprendemos en la universidad. Ahí es donde llegan los padres diciendo cosas como, 'sé que mi hijo es genial, pero tiene notas bajas' o 'lo sacan del salón a cada rato'. Si bien no le vamos a achacar todo al sistema, sí es cierto que se privilegia lo lógico, lo racional, secuencial. ¿Pero, y lo otro? Porque no se triunfa sólo con lo primero. Además, ¿cómo se llega a ser una persona? Este tipo de temas me pareció interesante y encontré la teoría sobre los niños altamente sensibles, que me pareció más interesante que la de los niños índigo y los niños de cristal.

    He oído de ellos. Hay una avalancha de niños superespeciales. ¿Quiénes son los índigo?
    Me puse a buscar y encontré que todos están viendo más o menos el mismo tema, pero hay vetas que me parecen arriesgadas para explicarlo. Lo que he leído tiene que ver con seres espirituales de otro mundo que vienen a ayudarnos.

    Entiendo.
    Es algo esotérico a lo que no puedo mandar a los padres. En cambio, la doctora
    Elaine N. Aron ha desarrollado, durante varios años, la teoría de las personas altamente sensibles -comenzó estudiando timidez y neuroticismo, y encontró que hay personas que no son ni lo uno ni lo otro- y la siguió hasta la infancia. Ella calcula que el 20% de los niños podría ser altamente sensible.

    Dígame, ¿cómo es un niño altamente sensible?
    Como lo dice su nombre, está definido por su mayor sensibilidad ante el medio y las personas. Percibe más matices de la realidad, recibe más información, se da cuenta de sutilezas que otros no notan. Y vibra interiormente mucho más que los demás. No es algo solo emocional. Visto desde afuera, puede decirse que es un niño muy emotivo, pero es más que eso. Él se lo toma en serio, se siente responsable. También dan respuestas más profundas, son muy intuitivos en las relaciones, son capaces de ponerse en el lugar del otro. Y cuando llegan a adolescentes -y por eso digo que hay que empezar desde niño a manejarlos- ya se sienten incomprendidos, con una autoimagen negativa, sienten que los talentos que tienen no sirven -porque no sirven para que les pongan notas-. Y, finalmente, tienden a inhibirse o, al contrario, a salir de sí, pero siendo impulsivos, lo hacen rompiendo límites.

    ¿Cómo son tratados habitualmente?
    Pensemos en un salón de 40 niños, con un profesor que tiene metas que lograr en pocas horas. Muchas veces son estos los niños que necesitan más tiempo para entender las cosas, porque tienen más preguntas. Generalmente, cuando no se les atiende, empiezan a estorbar, se molestan, critican, se vuelven apáticos, se distraen...

    ¿Y los padres?
    En ellos veo más entendimiento. Muchas veces me dicen, '¿qué, esto es lo que es mi hijo? Yo también era así. ¿Y ahora cómo hago?'. Porque ellos sienten que ya pasaron esas etapas que vieron como problemas. No terminaron de releer su vida. 'No vaya a ser como yo', piensan.

    O sea que les da la alta sensibilidad con sus hijos, que ya son altamente sensibles...
    Justamente. ¿Qué hacen con esta personita a la que probablemente le peguen en el colegio? Como son generosos, más maduros, más introvertidos o más sensibles, deciden no generar conflicto. Pero, según la misma teoría, una parte de estos niños puede ser extrovertida y agredir cuando se siente afectada: 'Le pegué porque lo que hizo no es justo'. ¿Se imagina?

    ¿Y qué se puede hacer?
    Conocerlos y entenderlos. Porque no se trata de dejarlos ser 'artistas' sin límites. Ni tampoco de reprimirlos. Hay que contenerlos, pero dejarlos desplegar esas riquezas que han traído al mundo. Porque para algo las han traído. En eso estamos todos de acuerdo. Eso se trae para dar, no para ser especiales. Hasta cuando uno ve películas o cómics sobre superdotados, niños héroes, gente especial, se plantea esa situación. Ese entenderse uno mismo primero y, después, ver qué hacer con lo que uno es, eso se da en la vida real.

    ¿Qué hago si soy profesor y tengo a uno de ellos en el salón?
    Puede tener los objetivos claros que son exigidos, pero también los que él necesita. Si uno ve que es necesario que aprenda a manejar todo eso que el niño percibe, hay que ayudarlo a entenderlo, a ordenarlo; que se acerque a los demás y no se retraiga y, si sale mucho, que reflexione. Y, por último, hay que darle más tiempo, hacerle caso; quizá no darle esa explicación más extensa que pide en la clase sino después. Y pedirle más también. Y no considerarlo un viejo pequeño. Son niños. He visto madres que se apoyan en ellos. ¿Qué curioso, no? Supuestamente son sensibles, débiles, problemáticos, pero interiormente son muy fuertes. Pero son niños.

    ¿Cómo son los adultos altamente sensibles?
    Son diferentes. Uno los ve más defensivos, más cautelosos; se ubican muchas veces en profesiones de ayuda. Pero si no se han entendido, guardan como un doble fondo. O sea, tienen amigos, saben qué decir, caen muy bien; pero hay una soledad interior que no se administra. Eso pasa si es que no han revisado su vida, si no se han preguntado por qué no encajaban -porque era un problema-. Y también pueden ser personas muy exitosas. O pensar en ayudar, por ejemplo, los puede convertir, a ojos de los demás, en soñadores... o en tontos.

    ¿Por qué es un problema ser así? Si un sujeto es pegalón, básicamente no es un problema. hasta que le pega a su esposa. ¿Qué estamos valorando como sociedad? ¿La capacidad de dar, de entregar, de vivir valores, o la capacidad de encajar y responder a lo que se pide en un trabajo, en este grupo, en esta generación? Si hago lo que me dicen, todo bien. Pero si hago preguntas, si se me ocurren cosas mejores, soy un problemático. Estamos valorando esa eficacia, ese individualismo, ese hedonismo, ganar plata y pasarlo bien, etc., que va en contra del ser humano. Para estos chicos, el problema es que el volumen de todo esto es más alto.

    Fuente: Entrevista realizada por el periodista José Gabriel Chueca. Tomada del diario "Perú 21” 2006 http://www.acapsi.com/images/comment.gifComentarios imprimirImprimir


    Infancia: los niños sobreocupados


    Sus ocupaciones comienzan bien temprano en la mañana y se extienden hasta el final del día. Siguen el ritmo frenético impuesto por sus padres y solo juegan cuando su “agenda” lo permite. ¿Se trata de un futuro brillante o de una niñez frustrada?

    Infancia: los niños sobreocupados

    Algunos niños, cada vez son más, tienen sus agendas tan apretadas como la de los propios papás, en general profesionales o con trabajos de largas jornadas en relación de dependencia. En general estos niños asisten a escuelas bilingües, de doble escolaridad, asisten a clase de apoyo para idiomas, lecciones de informática, talleres varios, actividades en el club… el día suele estar totalmente completo. Y llamativamente, aun luego de toda la lista de actividades parece sobrarles energía, son enérgicos en el hogar y por la noche cuesta lograr que duerman.


    Características de los niños sobreocupados

    El niño rara vez se queja de la enorme cantidad de compromisos, aunque si reconoce algo así si se reinsiste en este punto.

    Son niños sobreocupados, tendencia que cada día logra más aceptación en los padres ultramodernos. Esto se expresa por la predilección de los mismos en completar las horas posteriores a la salida de la escuela con actividades diversas y muy variadas. El ritmo de vida termina siendo full time, comienza a las 8 de la mañana y la agenda solo se libera pasada la media tarde.

    La característica común suele ser que son niños muy inteligentes, de pensamiento y reacción rápida, con mucha energía y con la capacidad de cumplir puntualmente copla lista de actividades asignadas, que son al fin estímulos que se les presentan de manera programada.

    Infancia: ¿a jugar? Hoy no tengo tiempo…

    La infancia- en particular la primera etapa escolar- es un momento crucial en la formación de los cimientos de a personalidad y del propio ser. La etapa dedicada a los juegos, a la vida al aire libre, a los momentos de ocio, son algunos de los déficit significativos y peligrosos de este nuevo modelo de éxito y desenfreno a corta edad. Con el tiempo las consecuencias saltan a la vista. Si no hay un espacio para el tiempo libre, no es posible consolidarse uno mismo como persona. El lema del modelo de sociedad en que vivimos es que cada minuto vale oro, plata y todos los diamantes pensados, no hay, por lo tanto, tiempo que perder.

    El ritmo alocado impuesto por los adultos tampoco deja el margen necesario para innovar y descubrir los talentos especiales y únicos de cada niño.

    Estrés infantil: las señales de alerta

    Un adulto puede reconocer su nivel de cansancio y expresarlo con mayor o menor dificultad, los niños apelan a llamar la atención con una serie de actitudes que encarnan la voz del “ya no mas”. El estrés infantil es una especial llamada de atención que se manifiesta en una variedad de síntomas.

    • Excitación constante
    • Trastornos de sueño: pesadillas, terrores nocturnos, insomnio
    • Aneuresis: mojar la cama durante la noche
    • Problemas digestivos: diarreas, dolores abdominales, constipación.
    • Obesidad: en general es remitida a trastornos de ansiedad y es cada vez mayor el índice de niños obesos.
    • Asma
    • Variedad de síntomas psicosomáticos


    Un día ideal

    La organización del tiempo libre y la distribución de sus tareas resultaran fundamentales para que el niño desarrolle su personalidad. Tener en cuenta los requerimientos básicos en la distribución de actividades es fundamental.

    • Descanso: 8 horas
    • Ocio: 5 horas
    • Tareas escolares: 1 hora
    • Varios (higiene, alimentación, responsabilidades en el hogar): 2 horas
    • Actividades programadas (escuela, música, deportes): 8 horas como límite máximo.



    ¿Qué pasa si los padres exigen demasiado?


    ¿Qué pasa si los padres exigen demasiado?

    A menudo se critica la laxitud de los padres, pero educar no es tarea fácil, y si unos pecan por defecto, otros lo hacen por exceso y piden a sus hijos que sean obedientes, educados, inteligentes, ¡perfectos! ¿Conviene exigir tanto?

    ¿Qué pasa si los padres exigen demasiado?

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    Portada del suplemento ES del día 3 de diciembre del 2011

    Exigir demasiado a los hijos

    • Poco rentable

    Pasarse el día diciendo a los hijos lo que han de hacer y plantearles unas altas exigencias puede parecer inicialmente rentable, porque cuando son pequeños, por agradar a sus padres, los niños se esfuerzan por cumplir sus órdenes. Pero a medida que crecen, esa presion se transforma en daños.

    • Poca espontaneidad

    A la pasividad y la baja autoestima suman el temor a que lo que hagan o digan no encaje en los objetivos o intereses que los otros han marcado para ellos.

    • Dependencia

    Esperan que alguien les diga lo que han de hacer y que alguien les controle desde fuera.

    • Inseguridad

    Piensan que nunca hacen suficiente, que son inadecuados, que han de demostrar constantemente su valía.

    • Pasividad

    Siempre esperan instrucciones o que las cosas las resuelvan otros.

    • Agresividad

    A veces intentan escapar a la angustia, el rencor y la culpabilidad que sienten rebelándose, y descargan la agresividad que acumulan sobre ellos mismos o sobre otros, como los hermanos pequeños o sus compañeros de escuela.

    • Ansiedad

    La inseguridad hace que cualquier cambio de situación, prueba o nueva relación los angustie.

    • Frustración

    Si los objetivos que les exigen son inalcanzables, se frustran. Y si se vuelven perfeccionistas y esclavos del detalle, también, porque ven que no pueden controlar todo en la vida.

    • Baja autoestima

    La falta de reconocimiento a sus logros, la ausencia de autonomía y de automotivación hace que terminen teniendo una mala imagen de sí mismos.

    • Poca emotividad

    Inhiben sus deseos y sentimientos porque viven pendientes de las obligaciones, de “lo que hay que hacer”.

    Si el niño saca un ocho en el examen le instan a esforzarse para que la próxima vez sea un nueve. Y si logra el nueve, le reclaman un diez. Recuerdan constantemente que hay que recoger el baño después de cada ducha, que hay que doblar la ropa limpia y poner la sucia en el saco de lavar, que hay que obedecer y acudir a la primera cuando le llaman… Hay que, hay que…

    Son pocos los padres que no desean grandes cosas para sus hijos. Pero entre desearlas y fijarlas como objetivo hay un trecho. Y ese es el que suelen recorrer los padres convencidos de que sus hijos rendirán más si ellos son muy exigentes, si en lugar de felicitarles por lo ya conseguido remarcan lo que aún tienen pendiente. Puede parecer que en una sociedad en constante lamento sobre la falta de cultura del esfuerzo, sobre la falta de límites y de tolerancia a la frustración con que crecen las nuevas generaciones, este tipo de padres exigentes son una especie en extinción. Sin embargo, psicólogos y pedagogos aseguran que no es así, que son muchas las familias que presionan a los hijos, especialmente en el ámbito académico, y que este exceso de exigencia está detrás de muchos de los problemas que llegan a sus consultas.

    “Hoy los padres quieren hijos bien formados, competitivos, con buenas notas, y muchos exigen altos rendimientos sin tener en cuenta si sus hijos pueden o no alcanzar ciertas metas o sin preocuparse de si los chavales comparten los mismos intereses o cómo se sienten”, indica Isabel Menéndez Benavente, psicóloga especializada en niños y adolescentes. Su colega Gonzalo Hervás, profesor de Psicología en la Universidad Complutense, enfatiza que, aunque algunos donde más aprieten sea en el ámbito académico, la mayoría de padres exigentes suelen serlo en todo: en el orden, en las tareas de casa, en los horarios, en el deporte, en las actividades de ocio… porque tienen la exigencia y el deseo de perfección como valor de su filosofía familiar. Quizá porque, como apunta Tiberio Feliz, profesor de la facultad de Educación de la UNED, “la exigencia es una forma de ser”.

    Y ¿qué ocurre cuando se pide demasiado? Todo depende de las capacidades, de los intereses y del carácter del niño. Si puede y quiere alcanzar las elevadas metas que le marcan, es posible que tenga un rendimiento óptimo y acabe desarrollando una personalidad exigente y perfeccionista, como la de sus progenitores. Si los objetivos le resultan inalcanzables o no le gustan, se frustrará, se bloqueará o se rebelará. En todo caso, lo normal es que acabe siendo una persona insegura, dependiente, con baja autoestima, predispuesta a la ansiedad y con poca emotividad y espontaneidad. ¿Por qué?

    De entrada, porque los padres exigentes con frecuencia aplican un estilo educativo autoritario, se muestran intransigentes y tratan de controlar todo lo que hacen sus hijos para que respondan a sus objetivos. “Los padres democráticos pueden ser exigentes, pero si están acostumbrados a llegar a acuerdos, la exigencia se verá compensada y rebajada mediante la discusión y consenso con los hijos, de forma que es más difícil que caigan en el exceso”, reflexiona Tiberio Feliz. Y explica que cuando los padres se pasan de exigencia, cuando presionan para que el hijo responda a su proyecto y están permanentemente encima de él diciéndole lo que ha o no ha de hacer, se provoca dependencia. “De pequeños pueden resultar muy obedientes y ordenados, pero son niños con poco criterio y poco autónomos, y eso puede dar problemas cuando sean adolescentes y adultos; porque si no interiorizan los valores les resultará difícil tomar decisiones y esperarán que alguien les diga lo que han de hacer”, explica el profesor de la UNED. Hervás coincide en que los hijos muy exigidos, sobre todo cuando la exigencia no va acompañada de un fuerte colchón afectivo, acaban siendo muy inseguros. “Si los padres exigen y no dan muestras de afecto de forma frecuente, los niños se sienten frágiles y creen que si no cumplen los objetivos que les ponen serán rechazados; eso les crea inseguridad y acaban siendo personas que tratan de demostrar constantemente lo que valen, lo que las predispone a la ansiedad, al miedo y a las fobias; a algunos, los perfeccionistas, la inseguridad les hace esclavos del detalle y viven frustrados porque no siempre logran lo perfecto, y a otros la inseguridad les bloquea y les convierte en personas muy pasivas”, comenta.

    Isabel Menéndez afirma que es frecuente encontrar en la consulta chavales convencidos de que sus padres les quieren en función de las notas. “La mayoría de padres llevan al hijo al psicólogo por fracaso escolar, porque su rendimiento bajó de sobresaliente a notable, y luego ha suspendido, y no entienden que está pasando; no entienden que el chaval se siente culpable por no traer buenas notas, que piensa que ha decepcionado a sus padres y que mientras estos siguen presionando con el rendimiento él no se siente apoyado y está sufriendo una depresión cronificada o una situación de desasosiego que le bloquea o que le lleva a adoptar conductas de riesgo, o a hacer gamberradas”, relata. Y critica que con frecuencia, cuando les cuenta a estos padres que su hijo tiene problemas de autoestima, de ansiedad o de depresión, “lo único que me preguntan es si salvará el curso”. Menéndez explica que muchos de los bajones en el rendimiento o los deseos de dejar los estudios durante la adolescencia tienen que ver con las presiones que los padres han ejercido en esos niños desde pequeños. “Cuando se exige y se exige se causa estrés en los niños y, al llegar a la adolescencia y a los cursos más difíciles de la ESO o del bachillerato, muchos de esos chavales se rompen; unos rompen con un descenso de sus notas y trastornos de conducta, y otros queriendo dejar de estudiar porque están hartos, cansados y se rebelan”, indica.

    Àngel Casajús, pedagogo y profesor de Didáctica de las Ciencias Experimentales y la Matemática en la Universitat de Barcelona, coincide en que no por mucho apretar a los chavales van a rendir más en la escuela. “Si la exigencia es acorde con las capacidades e intereses del niño y desde casa hay una conciencia razonable y equilibrada, y se le anima en la tarea, el rendimiento llegará a ser óptimo, pero será contraproducente si estas variables no se dan”, comenta. Y explica que si no se tienen en cuenta las posibilidades del niño, este pasará por tres etapas: primero, por agradar a sus padres, intentará alcanzar las metas que le exigen; posteriormente, si no posee las capacidades para ello, se dará cuenta de que no puede alcanzarlas por más que lo intente; y, por último, ante esa incapacidad, acabará elaborando una idea negativa de sus propias habilidades, pensará que no sirve para nada, que todo le saldrá mal, y dañará su autoestima.

    Los expertos aseguran que este daño es especialmente claro en el caso de los padres que siempre destacan lo negativo por encima de lo positivo, que piensan que si reconocen al chaval las cosas buenas se relajará y, para que rinda más, siguen exigiendo y exigiendo. “El hijo acaba con la sensación de que, haga lo que haga, nunca lo hace bien y nunca es bastante, siempre falla y sus padres nunca se sienten orgullosos de él”, explican. Y el niño que se considera inútil y que no sirve para nada acabará siendo un joven sin iniciativa, apático y desganado.

    Por otra parte, Tiberio Feliz advierte que, cuando los niños crecen obsesionados con lo que han de hacer y nunca se tiene en cuenta lo que les apetece hacer, inhiben el afecto y los sentimientos, y al crecer serán personas con poca emotividad, que no saben automotivarse porque no han desarrollado intereses propios.

    Entonces, ¿cuánto hay que exigir? ¿Cuándo es demasiado? “Si necesitas estar siempre encima de los niños para que hagan las cosas, quizá deberías pensar si te estás pasando de exigente”, responde Tiberio Feliz. Y aclara que el nivel de exigencia ha de ser tal que permita que el niño se comporte de forma autónoma, porque si no aprende a ser autónomo, quizá sea obediente, pero no le servirá en la vida porque los padres no podrán estar siempre detrás de su hijo para que haga o diga lo que deba. Isabel Menéndez enfatiza que cada hijo es distinto, y que para saber qué y cuánto exigir hay que conocerlos.

    Àngel Casajús, por su parte, asegura que se puede ser exigente sin causar daños. Es lo que hacen los padres que él llama autoritativos, que se diferencian de los autoritarios “en que son exigentes pero contemplan las necesidades e inquietudes de los niños y adolescentes y, aunque son firmes en sus reglas y castigan si es necesario, promueven una comunicación abierta donde se calibran las capacidades, intereses, motivaciones y aptitudes, de forma que exigen en la medida en que el niño puede rendir”.

    Según los expertos, el exceso de exigencia suele ser un problema de actitud. “El nivel de exigencia puede ser alto, pero si va acompañado de una buena comunicación, de muestras de cariño y de un buen colchón afectivo, cuando el niño no consiga el objetivo no pensará que está condicionando el afecto de sus padres, pensará que puede llevarse una bronca pero que no por eso van a dejar de quererle”, resume Gonzalo Hervás. Porque no caer en un exceso de exigencia tampoco significa ser negligente y dejar que los hijos crezcan a su aire. Si los padres no marcan límites y se muestran indiferentes a los problemas de sus hijos estos también crecen con inseguridad, tienen problemas para integrarse en equipos de trabajo porque no están acostumbrados a seguir normas y reglas, no saben esperar para conseguir logros y se rinden rápidamente ante las dificultades. “Los padres son responsables de organizar la vida cotidiana y el proyecto de educación de sus hijos y han de tener claro el objetivo y la forma de funcionar –organizar horarios, usos de la cocina, del baño, lo que se puede o no hacer, etcétera–, pero a la hora de construir ese ecosistema familiar han de basarse en la comunicación y en el conocimiento de sus hijos, permitir que estos participen progresivamente y saber motivarlos para que cumplan los acuerdos”, indica Tiberio Feliz.

    Hervás precisa que una cosa son los límites, que tienen que ver con cumplir una serie de mínimos y se ponen de pequeños (fundamentalmente hasta los cinco o seis años), y otra la exigencia, que aparece más tarde, cuando son más mayores, “y no tiene tanto que ver con cumplir o no las normas sino con la graduación, con los objetivos que se platean al niño y lo que se espera de él”. Y es a la hora de ajustar esas metas cuando hay que conocer bien y tener en cuenta al niño, “porque uno puede pensar que le exige buenas notas porque tiene una buena capacidad intelectual sin valorar que quizá no ha desarrollado la madurez, no tiene método de trabajo o le falta autocontrol, y que eso no le permite rendir”, ejemplifica.

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    Una forma de ser

    El exceso de exigencia responde, en general, a una forma de ser, a una personalidad insegura que necesita controlar todos los pormenores. De ahí que la mayoría de padres exigentes sean también personas muy autocríticas y perfeccionistas con ellos mismos, que cuando ven que los hijos no están cumpliendo sus ideales de perfección se sienten molestos y cuando abandonan una actividad en la que destacan piensan que están desperdiciando su talento. “La persona exigente es estricta y demandante, quiere que las cosas sean de una forma determinada, lo pide, y va a intentar que se haga así, sea él, la pareja o los hijos quienes lo hagan; y en el caso de los hijos, como están en inferioridad de condiciones, es fácil que caiga en el autoritarismo para conseguirlo”, reflexiona Tiberio Feliz. Añade que el estilo de vida actual, apresurado, también influye en la tendencia a aprovechar la superioridad paterna para usar la vía corta y rápida del autoritarismo, porque escuchar, negociar y llegar a acuerdos exige más tiempo que mandar “porque soy tu padre” o “porque yo sé qué es mejor para ti”.

    Pero que apretar en demasía las tuercas a los hijos responda a una manera de ser, a una personalidad perfeccionista, no quiere decir que no pueda paliarse. “Lo primero es darse cuenta de que se ha de cambiar, porque la persona exigente normalmente cree que lo correcto es exigir mucho y, si lo cree correcto, no lo querrá cambiar”, apunta el profesor de Educación de la UNED. Si uno está decidido a corregirse, su consejo es buscar momentos para reflexionar, para revisar qué hace y que siente, para darse cuenta que está poniendo las metas, lo que ha de hacer, por encima de lo que siente o desea. Dice que llevar un diario puede ayudar mucho a pensar: “Si apuntas qué has hecho, qué has descubierto, qué te ha quedado pendiente, qué cosas buenas te han pasado…, luego, al revisarlo, te das cuenta de qué valoras en la vida, rescatas lo bueno, mejoras la autoestima, y ves que igual no hace falta ser tan exigente porque hay cosas que no dependen de nosotros”. Otra buena herramienta, asegura Feliz, es pensar qué tres cosas buenas te han pasado en el día antes de meterte en la cama, y hacer ejercicio físico. “Una buena opción es pasear a diario, en pareja o en familia, porque eso nos relaja y nos permite romper con la cadena que nos ocasiona tensiones, y las tensiones nos hacen ser más estrictos y pensar de forma monolítica”, indica.

    Buscar tiempos comunes con los hijos para jugar, charlar, discutir qué se hará el fin de semana, hablar de gustos y de emociones, y disfrutar de momentos de ocio en común son otros de sus consejos para mejorar la relación familiar. “Se trata de repensar el ecosistema familiar para que todas las partes se integren y no requieran un cerebro pensante que organice por todos”, resume.