| Receta para resolver los problemas Los problemas tienen todos algo en común, y es la forma en que se logra solucionarlos. La receta es la misma, bien sencilla. Autor: Juan Rafael Pacheco | Fuente: Catholic.net | |
Desde siempre existen los problemas. El primero que conocemos es el del pobre Adán luego de comerse la manzana. De ahí en adelante tuvo una vida muy, pero muy dura, condenado a ganarse el pan cada día con el sudor de su frente. Y resulta que los problemas son el pan nuestro de cada día. Para muchos el problema es qué ponerse porque tiene mucho de dónde elegir, y para otros es qué ponerse porque apenas tiene la ropa que lleva encima. Los problemas tienen todos algo en común, y es la forma en que se logra solucionarlos. La receta es la misma, bien sencilla. Una anécdota -que estoy seguro muchos ya la conocen-- nos servirá para explicarla: Se cuenta que en el parque de cierto pueblo se hizo necesario tumbar un enorme roble, al que le había caído una extraña plaga que lo convertía en un verdadero peligro público, temiendo se cayera o contagiara a los demás árboles. Se hizo todo lo posible por salvarlo. Los vecinos estaban muy tristes ante su impotencia. No es fácil definir la causa de un problema, y no menos fácil es tomar la decisión de solucionarlo. Una mañana llegaron los obreros con sierras automáticas y hachas. Todos se congregaron en la plaza para presenciar el derrumbe del viejo árbol, excitados ante el inmenso estrépito que produciría su caída. Todos suponían que los hombres empezarían cortando el gigantesco tronco principal por el sitio más pegado al suelo. Pero fue todo lo contrario. Colocaron escaleras y comenzaron podando las ramas más altas. Y así, desde arriba hacia abajo, fueron cortando desde las más pequeñas hasta las más grandes ramas, quedando al final tan sólo el tronco central. Un rato después, aquel poderoso roble se encontraba en el suelo, cuidadosamente cortado a pedazos. El sol cubría esplendoroso el centro del parque. Ya no había sombra: era como si nunca hubiera estado allí, era como si no hubiera tardado más de medio siglo en crecer.... Uno de los obreros explicó que de haber cortado el árbol cerca de la tierra y antes de quitar las ramas, se hubiera vuelto incontrolable, produciendo grandes destrozos en su caída. Es más fácil manejar un árbol cuanto más pequeño se le hace. Aprendamos. Tenemos que podar primero los pequeños obstáculos para ir llegando al tronco principal de nuestras preocupaciones. Quitar primero las ramas una a una. Ocuparnos, no preocuparnos. Reconocer nuestros errores. Tener el valor de enfrentarlos. Establecer las prioridades. Tener claros los objetivos en la vida. Librarnos poco a poco de todo el peso que nos impide trabajar, crecer, disfrutar, vivir. Concluye la anécdota afirmando que no siempre resulta fácil enfrentar nuestros problemas, pero al menos podemos intentarlo mientras vamos poco a poco, con la ayuda del Señor, transformando nuestro miedo, angustia y desesperación, en fortaleza, esperanza y fe. Bendiciones y paz. |
DE INTERÉS. El blog en el cual me propongo escribir sobre temas que son de importancia para la vida espiritual. Para ser buenas personas y sentirse reconfortados ante las tribulaciones. Para compartir lo más querido de nosotros: personas, animales, actividades, etc. Como así también es para aquellas expresiones del arte que gratifican el alma.
martes, 2 de octubre de 2012
RECETA PARA RESOLVER LOS PROBLEMAS
lunes, 3 de septiembre de 2012
lunes, 13 de agosto de 2012
NIÑOS ALTAMENTE SENSIBLES
Un niño que se abruma con frecuencia,
de socialización difícil, afectado por emociones de otros y especialmente
intuitivo podría ser un niño altamente sensible.
"Yo hice mi internado en el
hospital psiquiátrico Hideyo Noguchi. Fue una práctica fuerte y fascinante.
Pero luego empecé a trabajar con adolescentes. Y en el 95, cuando entré a
trabajar a un colegio, -soy sincera- fue como estar del otro lado del
escritorio. Fue muy interesante porque, en general, uno tiene la tentación de
ver la psicología como patologías, uno tiende a etiquetar las cosas",
explica la psicóloga Liliana Casuso. Ella tratará el tema 'El niño altamente
sensible (Highly Sensitive): Vulnerabilidad y fortalezas en la personalidad',
en el simposio dedicado a este asunto que se ofrecerá el lunes.
Trabajar en colegios no debe de ser
muy valorado en el gremio, supongo.
No lo es. Pero yo bromeo con mis colegas diciéndoles que ahí está la psicología de desarrollo sana que no aprendemos en la universidad. Ahí es donde llegan los padres diciendo cosas como, 'sé que mi hijo es genial, pero tiene notas bajas' o 'lo sacan del salón a cada rato'. Si bien no le vamos a achacar todo al sistema, sí es cierto que se privilegia lo lógico, lo racional, secuencial. ¿Pero, y lo otro? Porque no se triunfa sólo con lo primero. Además, ¿cómo se llega a ser una persona? Este tipo de temas me pareció interesante y encontré la teoría sobre los niños altamente sensibles, que me pareció más interesante que la de los niños índigo y los niños de cristal.
No lo es. Pero yo bromeo con mis colegas diciéndoles que ahí está la psicología de desarrollo sana que no aprendemos en la universidad. Ahí es donde llegan los padres diciendo cosas como, 'sé que mi hijo es genial, pero tiene notas bajas' o 'lo sacan del salón a cada rato'. Si bien no le vamos a achacar todo al sistema, sí es cierto que se privilegia lo lógico, lo racional, secuencial. ¿Pero, y lo otro? Porque no se triunfa sólo con lo primero. Además, ¿cómo se llega a ser una persona? Este tipo de temas me pareció interesante y encontré la teoría sobre los niños altamente sensibles, que me pareció más interesante que la de los niños índigo y los niños de cristal.
He oído de ellos. Hay una avalancha
de niños superespeciales. ¿Quiénes son los índigo?
Me puse a buscar y encontré que todos están viendo más o menos el mismo tema, pero hay vetas que me parecen arriesgadas para explicarlo. Lo que he leído tiene que ver con seres espirituales de otro mundo que vienen a ayudarnos.
Me puse a buscar y encontré que todos están viendo más o menos el mismo tema, pero hay vetas que me parecen arriesgadas para explicarlo. Lo que he leído tiene que ver con seres espirituales de otro mundo que vienen a ayudarnos.
Entiendo.
Es algo esotérico a lo que no puedo mandar a los padres. En cambio, la doctora Elaine N. Aron ha desarrollado, durante varios años, la teoría de las personas altamente sensibles -comenzó estudiando timidez y neuroticismo, y encontró que hay personas que no son ni lo uno ni lo otro- y la siguió hasta la infancia. Ella calcula que el 20% de los niños podría ser altamente sensible.
Es algo esotérico a lo que no puedo mandar a los padres. En cambio, la doctora Elaine N. Aron ha desarrollado, durante varios años, la teoría de las personas altamente sensibles -comenzó estudiando timidez y neuroticismo, y encontró que hay personas que no son ni lo uno ni lo otro- y la siguió hasta la infancia. Ella calcula que el 20% de los niños podría ser altamente sensible.
Dígame, ¿cómo es un niño altamente
sensible?
Como lo dice su nombre, está definido por su mayor sensibilidad ante el medio y las personas. Percibe más matices de la realidad, recibe más información, se da cuenta de sutilezas que otros no notan. Y vibra interiormente mucho más que los demás. No es algo solo emocional. Visto desde afuera, puede decirse que es un niño muy emotivo, pero es más que eso. Él se lo toma en serio, se siente responsable. También dan respuestas más profundas, son muy intuitivos en las relaciones, son capaces de ponerse en el lugar del otro. Y cuando llegan a adolescentes -y por eso digo que hay que empezar desde niño a manejarlos- ya se sienten incomprendidos, con una autoimagen negativa, sienten que los talentos que tienen no sirven -porque no sirven para que les pongan notas-. Y, finalmente, tienden a inhibirse o, al contrario, a salir de sí, pero siendo impulsivos, lo hacen rompiendo límites.
Como lo dice su nombre, está definido por su mayor sensibilidad ante el medio y las personas. Percibe más matices de la realidad, recibe más información, se da cuenta de sutilezas que otros no notan. Y vibra interiormente mucho más que los demás. No es algo solo emocional. Visto desde afuera, puede decirse que es un niño muy emotivo, pero es más que eso. Él se lo toma en serio, se siente responsable. También dan respuestas más profundas, son muy intuitivos en las relaciones, son capaces de ponerse en el lugar del otro. Y cuando llegan a adolescentes -y por eso digo que hay que empezar desde niño a manejarlos- ya se sienten incomprendidos, con una autoimagen negativa, sienten que los talentos que tienen no sirven -porque no sirven para que les pongan notas-. Y, finalmente, tienden a inhibirse o, al contrario, a salir de sí, pero siendo impulsivos, lo hacen rompiendo límites.
¿Cómo son tratados habitualmente?
Pensemos en un salón de 40 niños, con un profesor que tiene metas que lograr en pocas horas. Muchas veces son estos los niños que necesitan más tiempo para entender las cosas, porque tienen más preguntas. Generalmente, cuando no se les atiende, empiezan a estorbar, se molestan, critican, se vuelven apáticos, se distraen...
Pensemos en un salón de 40 niños, con un profesor que tiene metas que lograr en pocas horas. Muchas veces son estos los niños que necesitan más tiempo para entender las cosas, porque tienen más preguntas. Generalmente, cuando no se les atiende, empiezan a estorbar, se molestan, critican, se vuelven apáticos, se distraen...
¿Y los padres?
En ellos veo más entendimiento. Muchas veces me dicen, '¿qué, esto es lo que es mi hijo? Yo también era así. ¿Y ahora cómo hago?'. Porque ellos sienten que ya pasaron esas etapas que vieron como problemas. No terminaron de releer su vida. 'No vaya a ser como yo', piensan.
En ellos veo más entendimiento. Muchas veces me dicen, '¿qué, esto es lo que es mi hijo? Yo también era así. ¿Y ahora cómo hago?'. Porque ellos sienten que ya pasaron esas etapas que vieron como problemas. No terminaron de releer su vida. 'No vaya a ser como yo', piensan.
O sea que les da la alta sensibilidad
con sus hijos, que ya son altamente sensibles...
Justamente. ¿Qué hacen con esta personita a la que probablemente le peguen en el colegio? Como son generosos, más maduros, más introvertidos o más sensibles, deciden no generar conflicto. Pero, según la misma teoría, una parte de estos niños puede ser extrovertida y agredir cuando se siente afectada: 'Le pegué porque lo que hizo no es justo'. ¿Se imagina?
Justamente. ¿Qué hacen con esta personita a la que probablemente le peguen en el colegio? Como son generosos, más maduros, más introvertidos o más sensibles, deciden no generar conflicto. Pero, según la misma teoría, una parte de estos niños puede ser extrovertida y agredir cuando se siente afectada: 'Le pegué porque lo que hizo no es justo'. ¿Se imagina?
¿Y qué se puede hacer?
Conocerlos y entenderlos. Porque no se trata de dejarlos ser 'artistas' sin límites. Ni tampoco de reprimirlos. Hay que contenerlos, pero dejarlos desplegar esas riquezas que han traído al mundo. Porque para algo las han traído. En eso estamos todos de acuerdo. Eso se trae para dar, no para ser especiales. Hasta cuando uno ve películas o cómics sobre superdotados, niños héroes, gente especial, se plantea esa situación. Ese entenderse uno mismo primero y, después, ver qué hacer con lo que uno es, eso se da en la vida real.
Conocerlos y entenderlos. Porque no se trata de dejarlos ser 'artistas' sin límites. Ni tampoco de reprimirlos. Hay que contenerlos, pero dejarlos desplegar esas riquezas que han traído al mundo. Porque para algo las han traído. En eso estamos todos de acuerdo. Eso se trae para dar, no para ser especiales. Hasta cuando uno ve películas o cómics sobre superdotados, niños héroes, gente especial, se plantea esa situación. Ese entenderse uno mismo primero y, después, ver qué hacer con lo que uno es, eso se da en la vida real.
¿Qué hago si soy profesor y tengo a
uno de ellos en el salón?
Puede tener los objetivos claros que son exigidos, pero también los que él necesita. Si uno ve que es necesario que aprenda a manejar todo eso que el niño percibe, hay que ayudarlo a entenderlo, a ordenarlo; que se acerque a los demás y no se retraiga y, si sale mucho, que reflexione. Y, por último, hay que darle más tiempo, hacerle caso; quizá no darle esa explicación más extensa que pide en la clase sino después. Y pedirle más también. Y no considerarlo un viejo pequeño. Son niños. He visto madres que se apoyan en ellos. ¿Qué curioso, no? Supuestamente son sensibles, débiles, problemáticos, pero interiormente son muy fuertes. Pero son niños.
Puede tener los objetivos claros que son exigidos, pero también los que él necesita. Si uno ve que es necesario que aprenda a manejar todo eso que el niño percibe, hay que ayudarlo a entenderlo, a ordenarlo; que se acerque a los demás y no se retraiga y, si sale mucho, que reflexione. Y, por último, hay que darle más tiempo, hacerle caso; quizá no darle esa explicación más extensa que pide en la clase sino después. Y pedirle más también. Y no considerarlo un viejo pequeño. Son niños. He visto madres que se apoyan en ellos. ¿Qué curioso, no? Supuestamente son sensibles, débiles, problemáticos, pero interiormente son muy fuertes. Pero son niños.
¿Cómo son los adultos altamente
sensibles?
Son diferentes. Uno los ve más defensivos, más cautelosos; se ubican muchas veces en profesiones de ayuda. Pero si no se han entendido, guardan como un doble fondo. O sea, tienen amigos, saben qué decir, caen muy bien; pero hay una soledad interior que no se administra. Eso pasa si es que no han revisado su vida, si no se han preguntado por qué no encajaban -porque era un problema-. Y también pueden ser personas muy exitosas. O pensar en ayudar, por ejemplo, los puede convertir, a ojos de los demás, en soñadores... o en tontos.
Son diferentes. Uno los ve más defensivos, más cautelosos; se ubican muchas veces en profesiones de ayuda. Pero si no se han entendido, guardan como un doble fondo. O sea, tienen amigos, saben qué decir, caen muy bien; pero hay una soledad interior que no se administra. Eso pasa si es que no han revisado su vida, si no se han preguntado por qué no encajaban -porque era un problema-. Y también pueden ser personas muy exitosas. O pensar en ayudar, por ejemplo, los puede convertir, a ojos de los demás, en soñadores... o en tontos.
¿Por qué es un problema ser así? Si
un sujeto es pegalón, básicamente no es un problema. hasta que le pega a su
esposa. ¿Qué estamos valorando como
sociedad? ¿La capacidad de dar, de entregar, de vivir valores, o la capacidad
de encajar y responder a lo que se pide en un trabajo, en este grupo, en esta
generación? Si hago lo que me dicen, todo bien. Pero si hago preguntas, si se
me ocurren cosas mejores, soy un problemático. Estamos valorando esa eficacia,
ese individualismo, ese hedonismo, ganar plata y pasarlo bien, etc., que va en
contra del ser humano. Para estos chicos, el problema es que el volumen de todo
esto es más alto.
Fuente:
Entrevista realizada por el periodista José Gabriel Chueca. Tomada del diario
"Perú 21” 2006
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Infancia: los niños sobreocupados
Sus ocupaciones comienzan bien
temprano en la mañana y se extienden hasta el final del día. Siguen el ritmo
frenético impuesto por sus padres y solo juegan cuando su “agenda” lo permite.
¿Se trata de un futuro brillante o de una niñez frustrada?
Infancia: los niños
sobreocupados
Algunos niños, cada vez son más,
tienen sus agendas tan apretadas como la de los propios papás, en general
profesionales o con trabajos de largas jornadas en relación de dependencia. En
general estos niños asisten a escuelas bilingües, de doble escolaridad, asisten
a clase de apoyo para idiomas, lecciones de informática, talleres varios,
actividades en el club… el día suele estar totalmente completo. Y
llamativamente, aun luego de toda la lista de actividades parece sobrarles energía,
son enérgicos en el hogar y por la noche cuesta lograr que duerman.
Características de los niños sobreocupados
El niño rara vez se queja de la
enorme cantidad de compromisos, aunque si reconoce algo así si se reinsiste en
este punto.
Son niños sobreocupados, tendencia
que cada día logra más aceptación en los padres ultramodernos. Esto se expresa
por la predilección de los mismos en completar las horas posteriores a la
salida de la escuela con actividades diversas y muy variadas. El ritmo de vida
termina siendo full time, comienza a las 8 de la mañana y la agenda solo se
libera pasada la media tarde.
La característica común suele ser que
son niños muy inteligentes, de pensamiento y reacción rápida, con mucha energía
y con la capacidad de cumplir puntualmente copla lista de actividades
asignadas, que son al fin estímulos que se les presentan de manera programada.
Infancia: ¿a jugar?
Hoy no tengo tiempo…
La infancia- en particular la primera
etapa escolar- es un momento crucial en la formación de los cimientos de a
personalidad y del propio ser. La etapa dedicada a los juegos, a la vida al
aire libre, a los momentos de ocio, son algunos de los déficit significativos y
peligrosos de este nuevo modelo de éxito y desenfreno a corta edad. Con el
tiempo las consecuencias saltan a la vista. Si no hay un espacio para el tiempo
libre, no es posible consolidarse uno mismo como persona. El lema del modelo de
sociedad en que vivimos es que cada minuto vale oro, plata y todos los
diamantes pensados, no hay, por lo tanto, tiempo que perder.
El ritmo alocado impuesto por los
adultos tampoco deja el margen necesario para innovar y descubrir los talentos
especiales y únicos de cada niño.
Estrés infantil:
las señales de alerta
Un adulto puede reconocer su nivel de
cansancio y expresarlo con mayor o menor dificultad, los niños apelan a llamar
la atención con una serie de actitudes que encarnan la voz del “ya no mas”. El
estrés infantil es una especial llamada de atención que se manifiesta en una
variedad de síntomas.
- Excitación constante
- Trastornos de sueño: pesadillas, terrores
nocturnos, insomnio
- Aneuresis: mojar la cama durante la noche
- Problemas digestivos: diarreas, dolores
abdominales, constipación.
- Obesidad: en general es remitida a trastornos
de ansiedad y es cada vez mayor el índice de niños obesos.
- Asma
- Variedad de síntomas psicosomáticos
Un día ideal
La organización del tiempo libre y la
distribución de sus tareas resultaran fundamentales para que el niño desarrolle
su personalidad. Tener en cuenta los requerimientos básicos en la distribución
de actividades es fundamental.
- Descanso: 8 horas
- Ocio: 5 horas
- Tareas escolares: 1 hora
- Varios (higiene, alimentación,
responsabilidades en el hogar): 2 horas
- Actividades programadas (escuela, música, deportes):
8 horas como límite máximo.
¿Qué pasa si los padres exigen demasiado?
¿Qué pasa si los padres exigen demasiado?
A menudo se critica
la laxitud de los padres, pero educar no es tarea fácil, y si unos pecan por
defecto, otros lo hacen por exceso y piden a sus hijos que sean obedientes,
educados, inteligentes, ¡perfectos! ¿Conviene exigir tanto?

presión se
tran
Portada del suplemento ES del día 3 de diciembre del 2011
Exigir demasiado a los hijos
- Poco rentable
Pasarse el día diciendo a los hijos lo que han de hacer y plantearles unas altas exigencias puede parecer inicialmente rentable, porque cuando son pequeños, por agradar a sus padres, los niños se esfuerzan por cumplir sus órdenes. Pero a medida que crecen, esa presion se transforma en daños.
- Poca
espontaneidad
A la pasividad y la baja autoestima
suman el temor a que lo que hagan o digan no encaje en los objetivos o
intereses que los otros han marcado para ellos.
- Dependencia
Esperan que alguien les diga lo que han
de hacer y que alguien les controle desde fuera.
- Inseguridad
Piensan que nunca hacen suficiente, que
son inadecuados, que han de demostrar constantemente su valía.
- Pasividad
Siempre esperan instrucciones o que las
cosas las resuelvan otros.
- Agresividad
A veces intentan escapar a la angustia,
el rencor y la culpabilidad que sienten rebelándose, y descargan la agresividad
que acumulan sobre ellos mismos o sobre otros, como los hermanos pequeños o sus
compañeros de escuela.
- Ansiedad
La inseguridad hace que cualquier
cambio de situación, prueba o nueva relación los angustie.
- Frustración
Si los objetivos que les exigen son
inalcanzables, se frustran. Y si se vuelven perfeccionistas y esclavos del
detalle, también, porque ven que no pueden controlar todo en la vida.
- Baja
autoestima
La falta de reconocimiento a sus
logros, la ausencia de autonomía y de automotivación hace que terminen teniendo
una mala imagen de sí mismos.
- Poca
emotividad
Inhiben sus deseos y sentimientos
porque viven pendientes de las obligaciones, de “lo que hay que hacer”.
Si el niño saca un ocho en el examen le instan a
esforzarse para que la próxima vez sea un nueve. Y si logra el nueve, le
reclaman un diez. Recuerdan constantemente que hay que recoger el baño después
de cada ducha, que hay que doblar la ropa limpia y poner la sucia en el saco de
lavar, que hay que obedecer y acudir a la primera cuando le llaman… Hay que,
hay que…
Son pocos los padres que no desean grandes cosas
para sus hijos. Pero entre desearlas y fijarlas como objetivo hay un trecho. Y
ese es el que suelen recorrer los padres convencidos de que sus hijos rendirán
más si ellos son muy exigentes, si en lugar de felicitarles por lo ya
conseguido remarcan lo que aún tienen pendiente. Puede parecer que en una
sociedad en constante lamento sobre la falta de cultura del esfuerzo,
sobre la falta de límites y de tolerancia a la frustración con que crecen las
nuevas generaciones, este tipo de padres exigentes son una especie en
extinción. Sin embargo, psicólogos y pedagogos aseguran que no es así, que son
muchas las familias que presionan a los hijos, especialmente en el ámbito
académico, y que este exceso de exigencia está detrás de muchos de los
problemas que llegan a sus consultas.
“Hoy los padres quieren hijos bien formados,
competitivos, con buenas notas, y muchos exigen altos rendimientos sin tener en
cuenta si sus hijos pueden o no alcanzar ciertas metas o sin preocuparse de si
los chavales comparten los mismos intereses o cómo se sienten”, indica Isabel
Menéndez Benavente, psicóloga especializada en niños y adolescentes. Su colega
Gonzalo Hervás, profesor de Psicología en la Universidad Complutense, enfatiza
que, aunque algunos donde más aprieten sea en el ámbito académico, la mayoría
de padres exigentes suelen serlo en todo: en el orden, en las tareas de
casa, en los horarios, en el deporte, en las actividades de ocio… porque tienen
la exigencia y el deseo de perfección como valor de su filosofía familiar.
Quizá porque, como apunta Tiberio Feliz, profesor de la facultad de Educación
de la UNED, “la exigencia es una forma de ser”.
Y ¿qué ocurre cuando se pide demasiado? Todo
depende de las capacidades, de los intereses y del carácter del niño. Si puede
y quiere alcanzar las elevadas metas que le marcan, es posible que tenga
un rendimiento óptimo y acabe desarrollando una personalidad exigente y
perfeccionista, como la de sus progenitores. Si los objetivos le resultan inalcanzables
o no le gustan, se frustrará, se bloqueará o se rebelará. En todo caso, lo
normal es que acabe siendo una persona insegura, dependiente, con baja
autoestima, predispuesta a la ansiedad y con poca emotividad y espontaneidad.
¿Por qué?
De entrada, porque los padres exigentes con
frecuencia aplican un estilo educativo autoritario, se muestran
intransigentes y tratan de controlar todo lo que hacen sus hijos para que
respondan a sus objetivos. “Los padres democráticos pueden ser exigentes, pero
si están acostumbrados a llegar a acuerdos, la exigencia se verá compensada y
rebajada mediante la discusión y consenso con los hijos, de forma que es más
difícil que caigan en el exceso”, reflexiona Tiberio Feliz. Y explica que
cuando los padres se pasan de exigencia, cuando presionan para que el hijo
responda a su proyecto y están permanentemente encima de él diciéndole lo que
ha o no ha de hacer, se provoca dependencia. “De pequeños pueden resultar muy
obedientes y ordenados, pero son niños con poco criterio y poco autónomos, y
eso puede dar problemas cuando sean adolescentes y adultos; porque si no
interiorizan los valores les resultará difícil tomar decisiones y esperarán que
alguien les diga lo que han de hacer”, explica el profesor de la UNED. Hervás
coincide en que los hijos muy exigidos, sobre todo cuando la exigencia no va
acompañada de un fuerte colchón afectivo, acaban siendo muy inseguros. “Si los
padres exigen y no dan muestras de afecto de forma frecuente, los niños se
sienten frágiles y creen que si no cumplen los objetivos que les ponen serán
rechazados; eso les crea inseguridad y acaban siendo personas que tratan de
demostrar constantemente lo que valen, lo que las predispone a la ansiedad,
al miedo y a las fobias; a algunos, los perfeccionistas, la inseguridad les
hace esclavos del detalle y viven frustrados porque no siempre logran lo
perfecto, y a otros la inseguridad les bloquea y les convierte en personas muy
pasivas”, comenta.
Isabel Menéndez afirma que es frecuente encontrar
en la consulta chavales convencidos de que sus padres les quieren en función de
las notas. “La mayoría de padres llevan al hijo al psicólogo por fracaso
escolar, porque su rendimiento bajó de sobresaliente a notable, y luego ha
suspendido, y no entienden que está pasando; no entienden que el chaval se
siente culpable por no traer buenas notas, que piensa que ha decepcionado a sus
padres y que mientras estos siguen presionando con el rendimiento él no se
siente apoyado y está sufriendo una depresión cronificada o una situación
de desasosiego que le bloquea o que le lleva a adoptar conductas de riesgo, o a
hacer gamberradas”, relata. Y critica que con frecuencia, cuando les cuenta a
estos padres que su hijo tiene problemas de autoestima, de ansiedad o de
depresión, “lo único que me preguntan es si salvará el curso”. Menéndez explica
que muchos de los bajones en el rendimiento o los deseos de dejar los estudios
durante la adolescencia tienen que ver con las presiones que los padres han
ejercido en esos niños desde pequeños. “Cuando se exige y se exige se causa
estrés en los niños y, al llegar a la adolescencia y a los cursos más difíciles
de la ESO o del bachillerato, muchos de esos chavales se rompen; unos rompen
con un descenso de sus notas y trastornos de conducta, y otros queriendo dejar
de estudiar porque están hartos, cansados y se rebelan”, indica.
Àngel Casajús, pedagogo y profesor de Didáctica de
las Ciencias Experimentales y la Matemática en la Universitat de Barcelona,
coincide en que no por mucho apretar a los chavales van a rendir más en la
escuela. “Si la exigencia es acorde con las capacidades e intereses del niño y
desde casa hay una conciencia razonable y equilibrada, y se le anima en la
tarea, el rendimiento llegará a ser óptimo, pero será contraproducente si estas
variables no se dan”, comenta. Y explica que si no se tienen en cuenta las posibilidades
del niño, este pasará por tres etapas: primero, por agradar a sus padres,
intentará alcanzar las metas que le exigen; posteriormente, si no posee las
capacidades para ello, se dará cuenta de que no puede alcanzarlas por más que
lo intente; y, por último, ante esa incapacidad, acabará elaborando una idea
negativa de sus propias habilidades, pensará que no sirve para nada, que todo
le saldrá mal, y dañará su autoestima.
Los expertos aseguran que este daño es
especialmente claro en el caso de los padres que siempre destacan lo negativo
por encima de lo positivo, que piensan que si reconocen al chaval las cosas
buenas se relajará y, para que rinda más, siguen exigiendo y exigiendo. “El
hijo acaba con la sensación de que, haga lo que haga, nunca lo hace bien y
nunca es bastante, siempre falla y sus padres nunca se sienten orgullosos de
él”, explican. Y el niño que se considera inútil y que no sirve para nada
acabará siendo un joven sin iniciativa, apático y desganado.
Por otra parte, Tiberio Feliz advierte que, cuando
los niños crecen obsesionados con lo que han de hacer y nunca se tiene en
cuenta lo que les apetece hacer, inhiben el afecto y los sentimientos, y al
crecer serán personas con poca emotividad, que no saben automotivarse
porque no han desarrollado intereses propios.
Entonces, ¿cuánto hay que exigir? ¿Cuándo es
demasiado? “Si necesitas estar siempre encima de los niños para que hagan las
cosas, quizá deberías pensar si te estás pasando de exigente”, responde Tiberio
Feliz. Y aclara que el nivel de exigencia ha de ser tal que permita que el niño
se comporte de forma autónoma, porque si no aprende a ser autónomo, quizá sea
obediente, pero no le servirá en la vida porque los padres no podrán estar
siempre detrás de su hijo para que haga o diga lo que deba. Isabel Menéndez
enfatiza que cada hijo es distinto, y que para saber qué y cuánto exigir hay
que conocerlos.
Àngel Casajús, por su parte, asegura que se puede
ser exigente sin causar daños. Es lo que hacen los padres que él llama autoritativos,
que se diferencian de los autoritarios “en que son exigentes pero contemplan
las necesidades e inquietudes de los niños y adolescentes y, aunque son firmes
en sus reglas y castigan si es necesario, promueven una comunicación abierta
donde se calibran las capacidades, intereses, motivaciones y aptitudes, de
forma que exigen en la medida en que el niño puede rendir”.
Según los expertos, el exceso de exigencia suele
ser un problema de actitud. “El nivel de exigencia puede ser alto, pero si va
acompañado de una buena comunicación, de muestras de cariño y de un buen
colchón afectivo, cuando el niño no consiga el objetivo no pensará que está
condicionando el afecto de sus padres, pensará que puede llevarse una bronca
pero que no por eso van a dejar de quererle”, resume Gonzalo Hervás. Porque no
caer en un exceso de exigencia tampoco significa ser negligente y dejar que los
hijos crezcan a su aire. Si los padres no marcan límites y se muestran
indiferentes a los problemas de sus hijos estos también crecen con inseguridad,
tienen problemas para integrarse en equipos de trabajo porque no están
acostumbrados a seguir normas y reglas, no saben esperar para conseguir logros
y se rinden rápidamente ante las dificultades. “Los padres son responsables de
organizar la vida cotidiana y el proyecto de educación de sus hijos y han de
tener claro el objetivo y la forma de funcionar –organizar horarios, usos de la
cocina, del baño, lo que se puede o no hacer, etcétera–, pero a la hora de
construir ese ecosistema familiar han de basarse en la comunicación y en el
conocimiento de sus hijos, permitir que estos participen progresivamente y
saber motivarlos para que cumplan los acuerdos”, indica Tiberio Feliz.
Hervás precisa que una cosa son los límites, que
tienen que ver con cumplir una serie de mínimos y se ponen de pequeños
(fundamentalmente hasta los cinco o seis años), y otra la exigencia, que
aparece más tarde, cuando son más mayores, “y no tiene tanto que ver con
cumplir o no las normas sino con la graduación, con los objetivos que se
platean al niño y lo que se espera de él”. Y es a la hora de ajustar esas metas
cuando hay que conocer bien y tener en cuenta al niño, “porque uno puede pensar
que le exige buenas notas porque tiene una buena capacidad intelectual
sin valorar que quizá no ha desarrollado la madurez, no tiene método de trabajo
o le falta autocontrol, y que eso no le permite rendir”, ejemplifica.
Una forma de ser
El exceso de exigencia responde, en general, a una
forma de ser, a una personalidad insegura que necesita controlar todos los
pormenores. De ahí que la mayoría de padres exigentes sean también personas muy
autocríticas y perfeccionistas con ellos mismos, que cuando ven que los hijos
no están cumpliendo sus ideales de perfección se sienten molestos y cuando
abandonan una actividad en la que destacan piensan que están desperdiciando su
talento. “La persona exigente es estricta y demandante, quiere que las cosas
sean de una forma determinada, lo pide, y va a intentar que se haga así, sea
él, la pareja o los hijos quienes lo hagan; y en el caso de los hijos, como
están en inferioridad de condiciones, es fácil que caiga en el autoritarismo
para conseguirlo”, reflexiona Tiberio Feliz. Añade que el estilo de vida
actual, apresurado, también influye en la tendencia a aprovechar la
superioridad paterna para usar la vía corta y rápida del autoritarismo, porque
escuchar, negociar y llegar a acuerdos exige más tiempo que mandar “porque soy
tu padre” o “porque yo sé qué es mejor para ti”.
Pero que apretar en demasía las tuercas a los hijos
responda a una manera de ser, a una personalidad perfeccionista, no quiere
decir que no pueda paliarse. “Lo primero es darse cuenta de que se ha de
cambiar, porque la persona exigente normalmente cree que lo correcto es exigir
mucho y, si lo cree correcto, no lo querrá cambiar”, apunta el profesor de
Educación de la UNED. Si uno está decidido a corregirse, su consejo es buscar
momentos para reflexionar, para revisar qué hace y que siente, para darse
cuenta que está poniendo las metas, lo que ha de hacer, por encima de lo que
siente o desea. Dice que llevar un diario puede ayudar mucho a pensar: “Si
apuntas qué has hecho, qué has descubierto, qué te ha quedado pendiente, qué
cosas buenas te han pasado…, luego, al revisarlo, te das cuenta de qué valoras
en la vida, rescatas lo bueno, mejoras la autoestima, y ves que igual no hace
falta ser tan exigente porque hay cosas que no dependen de nosotros”. Otra
buena herramienta, asegura Feliz, es pensar qué tres cosas buenas te han pasado
en el día antes de meterte en la cama, y hacer ejercicio físico. “Una buena
opción es pasear a diario, en pareja o en familia, porque eso nos relaja y nos
permite romper con la cadena que nos ocasiona tensiones, y las tensiones nos
hacen ser más estrictos y pensar de forma monolítica”, indica.
Buscar tiempos comunes con los hijos para jugar,
charlar, discutir qué se hará el fin de semana, hablar de gustos y de
emociones, y disfrutar de momentos de ocio en común son otros de sus consejos
para mejorar la relación familiar. “Se trata de repensar el ecosistema familiar
para que todas las partes se integren y no requieran un cerebro pensante que
organice por todos”, resume.
lunes, 30 de julio de 2012
La intención es lo que importa
| La intención es lo que importa La única verdadera es que tenemos en el corazón. ¡Y sólo Dios puede ver lo que ocurre en nuestros corazones!. Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org | |
Es muy notable como la misma actitud, el mismo gesto, puede en dos personas distintas contener significados opuestos. Una buena acción de alguien a veces nos deja con la extraña sensación de que algo está mal allí. Y la misma situación puesta en cabeza de otra persona parece ser sin dudas un gesto de amor sincero. Otras veces, una acción que nos parece incorrecta a la luz de nuestro pobre juicio, nos deja con la impresión de que en el fondo puede no estar tan mal. Y puesta en cabeza de otra persona, ¡definitivamente es una mala actitud! ¿Qué es lo que ocurre?. Ocurre que hay algo que es invisible a nuestros ojos: es la intención verdadera que tiene la persona en el corazón. ¡Y sólo Dios puede ver lo que ocurre en nuestros corazones!. Es por este motivo que Jesús nunca dejaba a sus discípulos juzgar a los demás, porque muchas veces el silencio humilde de una persona la colocaba en actitud incómoda frente a los hombres, ante un supuesto mal gesto. Sin embargo, en su corazón, esta persona guardaba una intención recta y sincera para con Dios. Y otras veces, quienes se esforzaban en aparecer justos y nobles frente a los hombres eran quienes abrigaban intenciones más indignas en el corazón. Las cosas que se hacen deben estar originadas en intenciones virtuosas, intenciones de hacer el bien. Esto es mas importante que las consecuencias mismas de nuestras acciones, ya que Dios ve en lo profundo de nuestros corazones, muy por encima de la opinión de los hombres sobre nuestros actos. Y no hay que preocuparse tanto de cómo luzcamos frente a los demás, ya que no son ellos quienes nos juzgarán cuando llegue el momento de sopesar nuestra vida: será el Justo Juez, Jesús, quien dictamine si hubo intención virtuosa en la forma en que hemos vivido. Por otra parte, es preferible pensar que los demás tienen una intención virtuosa en sus actos, y no desconfiar al extremo de accionar permanentemente nuestras defensas en anticipación a ser engañados o perjudicados. Si el otro tuvo intención virtuosa, Dios verá con agrado como dos de sus hijos obran en el bien. Y si el otro se aprovechó de mi, pues tendré un perjuicio a nivel humano, pero seré visto con mirada agradable por Dios. Y el juicio Divino recaerá sólo sobre el otro. Jesús llevó la intención virtuosa al extremo de jamás haber pecado. Y si bien El es Dios, también fue hombre. Y como tal estuvo sometido a la tentación: recordemos los cuarenta días en el desierto, y tantas otras veces en que los hombres lo sometieron a presiones e intentos de engaño. Sin embargo, en treinta y tres años de vida ¡jamás pecó!. Buena parte de las acusaciones que los hombres hicieron para llevarlo a la muerte, fueron acumulándose en la negativa de Cristo a aceptar las reglas de juego del mundo: El simplemente tuvo intención virtuosa en todo lo que hizo, más allá de las reacciones de los hombres. Claro que llevar la intención virtuosa a tal extremo de perfección tuvo sus consecuencias: ¡Nuestro Señor terminó crucificado en el Gólgota!. Hagamos todo en la vida con una intención virtuosa, con ánimo de hacer el bien. Las cosas nos podrán ir bien o mal, pero sin dudas estaremos en el sendero que Dios marca para nosotros. ¡La mirada de Dios es lo único que cuenta!. Preguntas o comentarios al autor Oscar Schmidt |
El terrorismo, forma específica de violencia armada
| Autor: Conferencia Episcopal
Española El terrorismo, forma específica de violencia armada | |||
| Existe una intención inscrita en esos actos que busca un efecto mayor con el fin de aterrorizar a una sociedad y hoy, incluso, al mundo entero | |||
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